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lunes, 31 de octubre de 2011

9

Mira.
Mira como corre la enfermera, angustiada como una carcajada.
¿Sabes a qué sabe la casualidad?
No lleva faldita corta, pero querría llevarla. Las piernas desdibujadas, ocultas bajo la tela blanca. Tiene la misma importancia que una errata, que una gota aplastada por un dedo, que no por una lengua.
Mira como huyen distintos pasos como si tuvieran opiniones, como si hubiera tesoros bajo las lumbres de la esperanza, seis colores distintos crujiendo como el algodón, desafilado el cuchillo que les da de comer y tanto les duele.
Una aspirina para el cuerpo, otra para el alma.
Las escalas de la inteligencia, sin acordes, se resienten y suenan a embrocado caos de mala praxis.
Soy el mejor silencio del mundo, pero nunca te has parado a escucharme. 
No, no, no, no...
Las sábanas revoloteadas bailan con su amante el viento, ambos desnudos, ambos eternos. Y solo un niño las contempla, solo un niño padece comprender.
Mira.
La música le toca el hombre y le masculla
Aún se contiene la noche y ante ti el paisaje camina, posándose con la figura del té, con la figura de una dama, y un aliento, el tuyo, la despierta y poco a poco, las piernas chorreando maná, bebes, vives, y ves.
He visto hombres lanzar sus vidas como balas, y han salido ilesos.
La corrupta zarpa de un hombre muy humano saja la oniria. Los cuentos se van sobreescribiendo, y lo que ahora ve acompañado de una luz tenue, en el futuro,  serán los recuerdos de ayer que vuelven envueltos en misterio.
Las piezas del puzzle encajan. A fuerza de puñetazos.
Las falditas no cortas se inquietan.
-Roberto... Treinta y un años... Paralisis casi completa de cintura para abajo. Es imposible que haya salido de aquí.
¿En qué se diferencia un gemido de un desaliento?
-Las cámaras no dicen nada... Pero la ventana está bien abierta...
¿Sabes a qué sabe la casualidad?
-Pero... señor... Esto es un décimo piso...
Bebe...
Bebe de mí... Embriágate... 
Emborrachate con el néctar que golpea tu corazón.
Dom apenas tenía 10 años, pero la voz de la inspiración ya le había marcado su futuro. Sería inspector.


sábado, 29 de octubre de 2011

8

(Para leer tranquilamente este capítulo es necesario copiarlo en un word. No busquéis el capítulo 7. No existe.)

 RIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIN OAM
Aaaaaauaaaa...
Ñaaa ñam ñam ñam...
Frus.
Ummm...
Ufffff...
Pap... pap...
Uaaaa...
Urmmmmm...
En fin...
Pap Pap Pap Pap Pap
                                  Pap
                                         Pap
                                               Pap
                                                     Pap
                                               Pap
                                         Pap
                                  Pap
Pap Pap Pap Pap Pap
Tocñiaaaaaaaaaa Pum, Pum.
RaaaaahRaaaaah
Iiiiijh Iiiiiiiiiijh...
Ras cha cha chaaaaaaaaaaafrasaaaaaaaaaaaaaaaaaaaafrasaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaafrasaaaaaaaaaaAAAAAHaaaaaquéaricaaestáaelaaguaauuuuuffffajoderaaaaaaaaclick iiiijhaaaaaAaaaahaaaaAaaaahJoderAaaaahtoptoptoptopaaaaaaOoooohaaaaaMmmmmmchachachachaaaaaachaaaaaaaaaaassssssssssssschaaaatoptoptoppuigaaaapuigaaaaapuigaaaaaaaAaaaaahMmmmMMMMhhPlasaaaaaaaAAaaaaChaschassssssss...
-¿Mami?
-¡AAAAAAAAAAAAAAAh!
-¿Te pasa algo mami?
-No, Ben. No me pasa nada.
-Es que te he oído gritar.
-No no, de verdad. No me pasa nada.
-Ah... ¿Quieres la toalla?
-No no, tengo que terminar de ducharme.
-¿No has terminado? Llevabas mucho tiempo.
-No, no he terminado.
-Si yo estoy mucho tiempo te enfadas conmigo. ¿Puedo enfadarme contigo?
-Uf... No, no puedes. Ahora sal, y deja que termine.
-¿De ducharte?
-... Sí... de ducharme...
-¿Seguro que no necesitas nada, mamá?
-No...
-¿Estarás bien?
-¡Que sí! ¡Sal ya!
-... Jo... ¿Qué he hecho?
Snifsnif...
papapapapapapapapapa...
-Uf... joder... Ven aquí anda cariño... PlomplaplafrussssssshPaPaPaPaPaPaPaPaPa No corras anda. ¡Cariñooooooooooooooooooo! PAMMMMMMMMMMMMM Aaaaaaaaaay... joder...pumpum pumpum pumpum pumpum pumpum pumpum...
papapapapapapa pumpum pumpum
-¿Mami? ¿Ves como sí iba a pasarte algo?
pumpum pumpum pumpum...

martes, 25 de octubre de 2011

6

Entonces ocurrió aquel momento en el que alguien aparece y salva a otro alguien y nadie sabe nada del salvador. Todo seguido, de pronto, sin respirar. A cámara lenta, las estrellas aparecieron en la noche, la tierra brotó bajo sus pies descalzos, el aire, el viento, eran libres.
No era un error eso de nacer, como recitaron algunos.
Caía el hombre como cae la mantequilla derretida en las tostadas, bailando sobre la comisura de los labios, su olor al despertar, sacando la lengua, lamiéndole las entrañas, como su madre golpeandole de broma le miraba con miel y una carcajada.
El tamboril apogeo del pecho cuando sus casualidades se cruzaron y sus pequeñitas orejas le dieron la oportunidad de escuchar ese hola infantil e improvisado cuya contestación sin voz fue "eres lo más bonito que he visto en mi vida".
La oruga que un día le despistó, poco después, con un café en la mano, daba vueltas por esa ventana. Sus ojos frente a su rostro, unos ojos bien abiertos. Y entonces se inclinó para luego desaparecer entre rayos de sol, de llamas sin ceniza. La mano sobre el rostro haciendo de visera, pero allí ya no había alas, ni oruga, ni nada.
Sediento.
Sed.
Sediento.
Cada camino necesitaba un río de agua, y el suyo llevaba tanto tiempo yermo...
¿A quién estaba salvando el salvador si no a sí mismo?
No estaba cayendo, estaba subiendo. Por eso jamás encontrarían su cuerpo sobre el asfalto. Quizás... si miraran a las nubes... Pero la gente no mira a las nubes, ¿verdad? A menos que esté lloviendo, y cuando llueve las lágrimas nos cubren las pupilas, olvidándonos del suspiro del agua en anécdotas resbalando por nuestro cuello.
¿A dónde había ido?
Ya no ese hombre. Ese individuo ya no existe. ¿A dónde había ido él? Su
                                                                                                               alma.
¿Encontraría la respuesta más allá de los poemas de la ventana?
¿Había ventanas?
Y entonces ocurrió, como ocurren las cosas bellas poco antes del dolor.
Un niño cruzó la carretera, con un casco sobre la cabeza. Y un monstruo, a toda velocidad, recordaba lo que era la inocencia. Pero iba a arrancarsela a él, y como un impulso, como si jamás fuera a tocar tierra, le hizo abalanzarse y protegerlo.
Y en cierto modo, ese impulso no se equivocó.

martes, 18 de octubre de 2011

5

Rob era una guitarra lenta fingiendo ser una sacudida de arpegios. Era el compás contenido de la vida. La normalidad escrita en un diario, o en una costumbre. Era el yo hago esto y es lo más corriente del mundo.
No hay nada más aburrido que un ser humano común, pues se es sustituible. Solo gasta, consume, machaca el aire.
Si Rob gritaba era por haberse caído, no porque quisiera levantarse. Si estaba triste era porque antes había estado feliz. Si bailaba una canción no reconocía que lo hacía por costumbre en lugar de por placer.
Sus padres eran idiotas. Se divorciaron cuando él era poco más, y se fueron disputando su felicidad a fuerza de orgullo. Y con el orgullo solo se consigue una casa cada vez más grande y más
                                                                                                                           vacía
.
-¡Sois unos idiotas!-quiso gritarles cerca de cincuenta millones de veces.
De boca hacia fuera mentaba que al ser sus padres no podía quejarse, que le habían dado la vida, y todo eso. Luego, de boca para adentro, se acordaba de la dura vida que debieron pasar sus queridas abuelas, a las cuales les tenía más aprecio, pero una vez ellas muertas -porque la gente muere-, solo le quedaba su costumbrismo, un par de amigos de casualidad -pues hay grados de amigos, como hay grados de estupidez-, y a él mismo. Claro... que de él mismo, como la mayoría de los poetas de la vida, ni nos conocemos ni nos hemos conocido.
Sabía que le gustaba Historia, aunque no muy bien por qué, por lo que durante el bachiller estuvo manejando la idea de hacer esa carrera en la universidad. A tal efecto sus compañeros se rieron de él, y él hacía como que se reía de sí mismo, y la risa en sí hacía como que tenía sentido todo, señalándose pues a sí mismo como que en realidad estaba muy perdido, mas... ¿qué es un alma sin espejo si no quiere mirarse?
Perdió la virgnidad como quien obtiene la notable virtud de la vida: Sin darse cuenta, siendo elegido por alguna mujer que no tardó en dar su hijo en adopción.
-Porque no te quiero.
Y ahí se dio cuenta de que el amor no consiste en caer, sino en arrastrarte por el suelo.
Entró a la universidad por la puerta pequeña. Salió por la gigantesca hoja sin sombras, bien formado, bien construido, vestido de gilipollas, siendo un digno miembro de la comunidad, del mundo, y un soldado de la cultura en esa España que estaba a punto de caerse a pedazos.
El diploma le pesaba en las manos como un arma de fuego, cargado con balas de fogueo.
Un día, la casualidad lo llevó a lo alto de una colina. La ciudad a sus pies. Y no se le ocurrió otra cosa, salvo bajar.
Bajando, recordó la sonrisa que se le dibujó cuando conoció a ella, y cuando luego la volvió a conocer con sus besos, y con sus caricias, y luego resultó que tenía un nombre. Se preguntó si al ingerir su propia sangre podría emborracharse. Un chiste, en medio de una fiesta, en medio de esa fiesta, le hizo soltar una especie de "hijo de puta" a regañadientes. Cuando se fue de erasmus estaba solo, pero siempre acompañado, y fue de las experiencias que más le ayudarían en la vida.
Hubo una noche, cerca de la Fontana Di Trevi, que una chica se le acercó y le preguntó ¿eres espagnolo? en un fuerte acento italiano.
Fue todo tan repentino...
-Sí.
Y la chica, con toda la inocencia del mundo, y la mejor de las sonrisas, le recitó:

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

-Tú sabe de qui parlo? De Luis Cernuda.
Y se fue. 
Esa era la mujer de su vida, pero él nunca lo supo por no saber poesía.


domingo, 16 de octubre de 2011

4

-Hace mucho tiempo vi a un hombre en lo alto de un edificio. Era un albañil, trabajando, sin apenas seguridad... Y en ese momento en el que mis ojos aterrizaban por ahí, ese hombre cayó. No oí su grito, oí el mío. Sentí cada uno de mis latidos, como puñetazos.
>>Suspiré. El trabajador se había quedado suspendido, por una cuerda, balanceándose como una honda, entre los altos edificios de la ciudad, como dioses sin manos, reflejando en sus ventanas el desastre, vacíos de intenciones.
>>El hombre intentaba subir. Gruñía. Se movía. Alzaba el brazo. Gritaba... Y gritaba... Y gritaba... Como un eco de sufrimiento. Y yo no podía hacer nada. Nadie podía. Intentarlo sería un suicidio. La cuerda, pude fijarme, le agarraba la pierna con cierta ironía. Era como una carta de tarot. El miedo podría haber enmarcado cada silencio... como si se rindiera. Como si no hubiera más remedio en el mundo que el de rendirse a lo que pasa. Bajo sus manos no había árboles.
>>Veíamos como descendía. Veíamos, ante nuestros ojos, como iba perdiendo la batalla contra sí mismo, y la arqueada pierna que hacía malabarismos para sostenerse un segundo más apenas respiraba con normalidad.
>>Entonces apareció un hombre. Otro hombre. Cogió una cuerda, se la ató, y se dejó caer, como se dejan caer los ángeles, con los ojos bien abiertos y la incredulidad en el pecho. El tiempo contuvo el aliento. Las manos del héroe no alcanzaban a la pobre criatura por mucho que se estirara. Y entonces ocurrió lo más bello que he visto en mi vida: El héroe se soltó, se agarró a la cuerda con una mano, y con la otra levantó en peso al pobre albañil, que se agarró a su propia vida, y luego, al metal de la grua, tan cálido...
>>Todos pudimos ver la sonrisa del héroe. No porque nuestra vista alcanzara, sino... porque nos alcanzó.
>>Cuando el trabajador consiguió estabilizarse fue rápidamente a ayudar a su salvador, pero ya era demasiado tarde. Cayó. Cayó como lo hacen las plumas, o como las alas bien abiertas de un halcón, o como una bolsa de plástico, o como un héroe. Esa imagen daba una extraña y agobiante sensación de...Uf... Felicidad.
>>¿Sabes qué fue lo mejor? Que no encontraron el cuerpo del hombre. Nadie lo vio llegar al suelo. Simplemente desapareció. En la prensa le pusieron un nombre, Juan. Nunca super muy bien por qué, ni me importa. Por eso no tuve miedo cuando me lancé a protegerte, chiquillo. Porque sabía que no me iba a pasar nada. Y si no recupero la capacidad de andar, al menos puedo sonreír sabiendo que te he dado a ti la capacidad de vivir, ¿no?

sábado, 15 de octubre de 2011

3

La madre de Ben enfermó como una tormenta de verano, como un rayo que no cesa.
Un día estaba bien y al día siguiente, o al amanecer siguiente, o al recuerdo siguiente, ahí estaba, mal, como mal, porque se veía como mal, y Ben se veía como triste, porque estaba triste, y estaba... oh... jo...
El niño cuando es niño no cree en los árboles que no existen. Gesticula, como en el cine mudo. Todo torpe, torpeza, un mundo lleno de comas, de palabras, una y otra vez, repetidas.
La madre de Ben enfermó, pero Ben no. Le dijo que fuera a por esas pastillas. Esas: no podían ser otras. Pero le tenía miedo a la calle. Por la calle pasaban monstruos cabalgados por personas, y personas por monstruos -que sí, que los vio él-.
Él había visto a la gente haciéndose fuerte, como con un traje chulo, y algo en la cabeza. Necesitaba algo en la cabeza, porque lo chulo ya lo llevaba -¡superchulo!-. Y entonces vio lo que su madre decía que era para salvarla de los accidentes cuando fuera en moto. La moto le daba miedo, y si él tenía miedo, su madre también, pero no con eso...
Se miró al espejo. El dinero. Las llaves. Un diminuto cuerpo. Una cabeza grande, sin miedo. Se miró a los ojos. A sus ojos. Eran verdes... preciosos. No lo sabía.
Qué bonitos.
Salió a la calle, a la acera, con las brisas de unas piernas pequeñitas, con una mano levantándole la cabeza, así, hacia arriba, porque se caía, y tenía que correr. Tenía que correr mucho. La gente lo miraba, pero Ben  miraba a los monstruos
Rugiendo.
Pero tenía el casco, y no tenía miedo.
Corrió, como pueden correr los patitos antes de zambullirse en el agua o zambullirse en la vida, pero era un patito solo, como un globo de feria, volando, brillando.
Y no tenía miedo.
Rugía.
Un coche hizo creeeeeeeeeeeeeeeeec a un insulto de su sombra, una mujer se convirtió en maniquí cuyo rostro viraba, y esos de ahí, del doble de edad pero la mitad de conciencia, reían como la gente de la tele, esa que ríe porque sí, o corre porque sí, o llega al otro lado porque sí.
Volvió, con las medicinas en la mano, y las vueltas.
Luego fue a por comida.
A por un libro.
A por más medicinas.
¡A por chuches!
Eso que le protegía los ojos estaba lleno lleno de azúcar pegajoso, porque a veces se chocaba sin querer, y se hacía daño en las manos. Por eso se compraba largas lenguas, enormes, y era tan divertido atraparlas como espaguetis, y media hora la mandíbula arribaabajo abajoaariba ñamñamñamñam...
Pero le encantaban las chuches. Y le encantaba eso que le protegía la cabeza, ¡tan chulo! Nada podía tocarle, ¿no? No tenía miedo, ¿no?
Su madre se fue recuperando, incluso podía salir a la calle, pero, ¿por qué? ¡Él podía protegerla!
¡Los monstruos no le dabanPIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii....

viernes, 14 de octubre de 2011

2

De cuando en cuando Ben le preguntaba a su madre ¿mamá donde está papá? Y la madre como si fuera un acertijo cambiaba algo y sentadadepiebarriendoconduciendollorandosola decía
Está... ¿tú ves las aves que vuelan? ¿O las nubes que desaparecen? ¿O la lluvia cuando se seca? ¿O las cigarras cuándo se duermen? ¿O los cuentos cuando están cerrados? No... porque se han ido se han marchado como se marchan las cosas que parecen iguales pero no lo son
como se marchan las cosas
en ese lugar está
                          la belleza
y todo eso se queda allí lejos como en una caja para que los recuerdos bonitos no se marchiten

1

-¿Te crees que por saber manipular a la gente estás en tu derecho de hacerlo?
Le preguntó Esmeralda, una jovencísima madre, cuyo niño, de dos años, danzaba entre sus brazos con el latido de sus pasos inquietos, la sutileza nerviosa sobresaltando en sus hombros, cargando con el estallido, constante, intenso, a golpes, de una mirada, tras el antifaz inquisidora, cuya sonrisa en esbozo pertenecía a Benito, y este a nadie.
Shhh...
-No. Pero puedo.
Esas fueron las primeras palabras que Ben recordaría, y que jamás olvidaría. Pero antes vino como una melodía de guitarra, tranquila. Suavedad, dureza, lágrimas, shhh constantes, el caer de las manos en un raspado como de caricia en la espalda, de uñas en arpegios sobre la piel, el reír sin dientes, con los ojos bien abiertos, la boca en O.
Esmeralda sentada en aquella silla, que con su crujir indicaba que estaba viva, pero vieja de huesos e intenciones, con sus cabellos rubios machacando la madera desvencijada. Benito, el padre, al otro lado, alargando la oscuridad como se alargan las farolas. Eso que antes era un hombre, se convirtió en una sombra, hasta que un día una casualidad se lo llevó.
Benito, el padre, postrado en la cama como se postra el orgullo.
-Apenas tienes cinco años... ¿Para qué voy a explicarte nada si hay niños de 50 que tampoco quieren entender nada? Adiós, hijo. Aunque no lo parezca, te quiero.
Y eso, Ben tampoco lo olvidó.
Como no olvidaría jamás los croissant de chocolate que su madre le preparaba, y calentaba. Ni olvidaría el olor del hojaldre, ni el tacto de las napolitanas quemándole los dedos, ni esas ensaladas con una carita sonriente, ni el hola de la abuela que quizás murió de niña y luego de bebé, ni olvidaría la silueta de brazos abiertos que con su cabello en do mi fa clamaba libertad de esa chica recortada por el sol, ni esa sonrisa, como el estallar de la cuerda de una guitarra, como la calma de afinar un instrumento, una vida, y la sutileza con la que tratamos al enfermo cuando está enfermo, y al triste cuando está triste, y al blanco con el blanco, y al negro con el negro.
Y a los recuerdos con recuerdos.

El final.

Julie le cogía de la mano. En su sonrisa un gesto de boca magullada, de vejez. Ella seguía siendo esa niña, y él seguía siendo ese joven que un día la encontró. Lo único que cambia de nosotros son las arrugas que nos recuerdan el paso del tiempo, pero la inocencia nunca se marchita.
Julie no lloró cuando, de pronto, Ben se desvaneció.
Pero ese es el final de la historia.
¿Qué tal si os la cuento desde el principio?
Será con música, con una hermosa banda sonora, como de ecos, como de eternidad, como de felicidad.

lunes, 10 de octubre de 2011

Una pequeña manita.

Una pequeña manita.

El mundo de Ben caía a pedazos de nubes y de cielo. El azúcar se atragantaba y le picaba los dientes, como si los ojillos de los enanitos chisporrotearan como bengalas que nadie viera, dejando la espectación rendida durante segundos, cayendo, y cayendo, abandonando una lágrima sobre el firmamento, una estrella fugaz. Y en la soledad, cae un amanecer.

Una pequeña manita.

La libreta en la que había dibujado el mapa al fin del mundo, por olvidar los ríos, aparecieron de repente y destrozaron los campos por los que alguna vez viajaba, por los que alguna vez viajó. La atalaya dejó de piar, pero sus hojas suspiraban sus últimas intenciones, rozando la tierra como semillas de la que algún día un árbol lleno de historias iba a brotar. Y sería de otro, pero nunca suya.

Una pequeña manita.

A la orilla de la playa construyó aquellos castillos en los que viviría feliz, para siempre, ignorante de que la marea podría levantarse de su silla, y con su mirada tumbarte, desnudarte, amarte, cantarte. Todo es mar y es orilla si sigues vivo, y si la vida sigue viva, el ahogarse no es como gritar, es como gemir. Y ya ahogado, solo él, naufrago, puede salvarse.

Una pequeña manita.

Si construyeramos puentes al revés, nos llevarían a cualquier lado. La piedra no sería piedra, y el amor, no sería un cuento abandonado a la suerte, a los azotes de los tormentos que nos agobian los sueños, convirtiéndolos en inacabables pesadillas. Y en las pesadillas, o eres el vencedor, o eres el vencido.

Una pequeña manita.

De una niñita, dulce, tan extraña...
Porque al final, cuando todo se va y nos abrasa el alma, nos quedará la inocencia.

Ben agarró la pequeña manita, y empezó a caminar, con un puente al revés, o una sonrisa.


domingo, 9 de octubre de 2011

El periódico.

-No sé qué diferencia existe entre hombres y mujeres, Ben. Pero si hay algo que tienen en común es esa estúpida manía de buscar las diferencias entre unos y otros, como si el ser humano fuera más un pasatiempo de un periódico, que una novela que pueda sorprenderte. Vemos en los demás unas miles de hojas envejecidas y desordenadas. Si nos detuvieramos de cuando en cuando frente a alguien, leeríamos cada noticia, cada problema, cada alegría... Incluso habría un rinconcito para el chiste... Pero no. Lo único que vemos es un periódico, y solo los idiotas y los viejos leen eso.
-¿Y los idiotas y los viejos sí leen el periódico?
-¡Qué va! Esos solo buscan cual eres, para juzgarte.

viernes, 7 de octubre de 2011

Coger el mundo, borrarlo, y recomenzar.

-Si quisiera conquistaría el mundo -dijo Rico bailando con las gotas del saxo.
-¿Si quisieras? ¿Cómo es eso? -sonrió Ben.
-¡Si quisiera! Es decir... Por ahora no tengo motivos para hacerlo.
-¿Y para qué querrías tú conquistar el mundo si acabas dejándolo todo a medias?
-Para regalarselo a alguien. Yo se lo daría, sin que se diera cuenta. Envuelto en un papel no muy bonito, sin lazos, y sin florituras. Le regalaría el mundo y que ella hiciera lo que le diera la gana. Le regalaría el mundo para que estuviera tranquila, para que no necesitara nada más, solo respirar cada día y hacer de su rutina algo diferente, algo que ella quisiera, algo que le enamorar a veces, y odiara otras. Sería como darle todo lo que tengo. Darle todas mis fuerzas. Que viera que, al final, puede obtener lo que quiera, y solo tendría que coger el mundo, borrarlo, y recomenzar.
Ben, llevándose el arpegio de hielos a la boca, preguntó:
-¿Has encontrado ya a ese alguien?

miércoles, 5 de octubre de 2011

Ocultos.

-He visto más artistas en bares que en teatros. El problema es que suelen estar ocultos, vidriosos y borrachos, con la copa a medio tomar.

Es tan fácil...

Violeta se perdía meses y meses por distintos países, para conocer gente, lugares, y a sí misma. Además, para saborear el poder de la mentira.
-Es tan fácil follar yéndote fuera de tu tierra, haciéndole creer a alguien que no tiene nada que perder... Porque lejos de los ojos que nos juzgan perdemos el miedo al fracaso. Y si perdemos el miedo al fracaso, pasan dos cosas: O hacemos lo que queramos con el mundo, o el mundo hará lo que quiera con nosotros.

martes, 4 de octubre de 2011

-Mira...

-Mira: Tú no puedes estar un día sin fumar, y yo no puedo estar un día sin escribir. Todavía no sé cual de estas dos tonterías es peor, ni cual mata más lentamente.

Alf.

-Ben, tu hogar está muy lejos. No puedes, simplemente, irte andando, como si te apeteciera pasear.
-Claro que puedo.
-Estamos hablando de miles de kilómetros. Hemos tardado meses en llegar hasta aquí, en moto. Déjate las tonterías.
-Los escritores siempre igual. Diciendo palabras de más que nadie entiende ni quiere entender.
Alf se encendió un cigarro como quien enciende una vela. Dejó caer el casco sobre su rostro, y la oscuridad le cubrió la mirada. Crujió crujió con temperamento el motor tor tor tor. Y luego se alejó.
Alfredo era poeta, escritor, e idiota.
-Nunca te fies de alguien que escribe relatos, o novelas, o poemas -decía a menudo.
Podríamos decir, y podría asegurar unos lustros más tarde, que Ben pasaría la mejor época de su vida junto a este individuo que era tanto y tan poco, y que jamás hubiera descubierto el verdaderosignificado de temer y amar si no fuera por él.
Alf dedicaba los libros que leía, no los que escribía. Siempre guardaba uno sobre el pecho, "por si le disparaban, para que la fuerza de la palabra le protegiera". Amaba a Salinger por encima de todas las cosas. Era un espectro de cabello cano, por muy rubio ario que fuera. Combinaba elementos en sus narraciones, al igual que en su cocina. Le encantaban las especias, como las amantes, salvo que estas últimas no las escondía en un armario, dispuestas a usarlas cuando le diera la gana. Era un mezquino escondido en el cuerpo de un mezquino. Tenía el sentido de la supervivencia bajo mínimos, y jamás le dedicaba un segundo segundo a ningún asunto.
Amaba las canciones sobre algo, que no hablaran de ese algo.
Su película favorita era Amelie. Le hacía creer que los mundo que imaginaba, algún día, podían ser verdad.
-¿Por qué me soportas? -le preguntó Alf un día.
-Porque me das pena.
Alf se le quedó mirando como la cera ya agotada, o la carretera ya a lo lejos, o como si comprendiera que el dolor, lo que es el dolor, no hay que buscarle una explicación. Gesto taciturno. Amarga sonrisa de Robert Plant cantando Babe I'm Gonna leave you.
¿Arte o amor? ¿Amor o arte?
-Ya lo sabía.
Y de lejos Alf se alejaba, quedándo en silencio una imágen turbia, tiznada de ebriedad pasajera.

lunes, 3 de octubre de 2011

Gus, Gust, Dust...

Ben tenía uno de esos amigos que eran amigos de verdad. De esos que suceden un par de veces en la vida. En su caso eran cinco, como las cuerdas de una guitarra, y sonaban demasiado bien.
En este caso hablamos de Gustavo, Gus, Gust, Dust, de piel pólvora o ceniza y manos cuidadosas, como un amante de Jazz, o un maltratador de imágenes de sí mismo.
Ben aprendió de él la pasión por la improvisación.
-Vamos a salir a la calle, a hacer lo que nos hagan, no a hacer lo que hagamos.
-Gus... son las tres de la tarde.
-Ya. Sé lo que estás pensando. ¿Vamos a por un café o empezamos ya con la cerveza?
Todos los amigos de Ben le dieron algún tipo de lección en cuanto a cocinar se refiriera. Gus se fijaba en el detalle. Da igual que la comida supiera a melodía de radio, lo importante era que fuera bonita, linda como la piel de una folclórica. Que llamara la atención, como un caligrama, o una mirada, o un desnudar lento como de guitarra o de violín.
Gus comía ensaladas. Las devoraba. Y bien, a raíz de eso, aprendió a hacer las mejores, y las mejores dibujadas. Con sonrisas, con puentes, o incluso con guerras.
-Se puede hacer algo bello de las cosas más simples de la vida. Mira que gran inventor ese que dijo "esto que sentimos en el pecho, que nos causa celos y rabia, y a la vez algo como de felicidad necesaria, ¿cómo lo llamaremos?", y la mujer, porque tuvo que ser una mujer, le contestó, "Amor. Llámalo amor".

domingo, 2 de octubre de 2011

Alma.

Y Ben le preguntaba a las ventanas "¿me echas de menos?". Pero del vaho no se obtiene respuesta si antes no marcas su alma.

Prólogo.

Cuando a alguien le pregunten por Benito, posiblemente a nadie le importe, o simplemente no coincidirán con el mismo Benito que yo creé, o que quizás existe, salpicando alguna ciudad. Benito fue alguien que nació y murió, y que basó su día a día en no darse cuenta de que él era la persona más importante de su vida. Cambió el mundo, de la misma manera que lo haría cualquiera, o quien quiera. Hizo feliz solo a la gente que quería que le hiciera feliz, y a algunos que sin querer tropezaban a su lado. Se enamoró cinco veces, y luego una. No tenía ninguna habilidad especial que él destacase. Era la persona más normal que conocía, y sin embargo, algunos lo tachaban de raro, y eso le dolía, como duele la luna o la distancia. Su vida consistía en prólogos leídos a destiempo y a epílogos que le machacarían el pecho. Por lo único que lloró fue por amor.
Un día le preguntaron:
-¿Por qué solo lloras por amor?
Y él contestó:
-No lo sé.
Porque no lo sabía, pero lo sabremos.
Benito fue feliz, y mucho. Simplemente no le dijeron lo que en realidad era felicidad.
Benito era un poeta de la vida.
Y entonces, pinchamos un vinilo, y nos dejamos envolver por la historia.